Fosas comunes

Creo que hoy es un buen día para recuperar el hábito de escribir en el blog. Y la excusa ha sido que en una de las muchas fosas comunes de la época de la guerra civil y de la dictadura, se ha encontrado e identificado el cuerpo de Aurora Picornell, todo un símbolo de lucha en Mallorca.

Desde hace unos años se están desenterrando víctimas del franquismo, perdidas en esas fosas comunes. Gente que fue asesinada por pensar diferente, por defender sus ideas. Que fue asesinada con nocturnidad y alevosía, y para más inri, enterrada sin informar a los familiares de lo que había pasado.

Es una actitud cobarde, que por lo que veo es típica de dictaduras y guerras viejas y nuevas, españolas, argentinas, europeas, africanas,… Lo más reciente, o por lo menos lo que más sale en las noticias últimamente son las fosas comunes encontradas en diferentes ciudades ucranianas. Las víctimas de la guerra de Ucrania no son diferentes de las de la guerra civil española. Les han matado por no están de acuerdo con el opresor, y han tirado sus cuerpos a un agujero sin el menor respeto ni por ellas ni por sus familias.

Qué sentido tiene hacer eso? Qué sentido tiene y tenía matar de esta manera? Si ya me parece mal la pena de muerte tras un juicio supuestamente justo, este tipo de masacre es antihumana. Cómo pueden dormir tranquilos los que ejecutan, los que dan las órdenes, los que deciden que se va a actuar así… En qué tipo de mente cabe tratar a la gente de esta manera… Sobre todo las personas en las altas esferas, las que dicen: «si no están de acuerdo, al paredón» . Qué clase de educación han tenido? Qué cosa debieron sufrir en su infancia? De dónde les viene ese miedo al diferente? Porque al fin y al cabo, ellos deciden y los que disparan y entierran cumplen órdenes. Órdenes que si no cumplen les mandarán a ellos, seguramente, a esa misma fosa.

Por estas razones, la identificación del cadáver de Aurora Picornell en una fosa común no tengo claro si es motivo de alegría por haberla encontrado por fin, o motivo de tristeza, al ver que 80 años después y varios miles de kilómetros más al este, la historia se repite. Al ver que la humanidad no ha aprendido nada en casi un siglo.

Que pare el mundo, que me bajo… o no

Si al cansancio físico le añades cansancio mental, entonces dan ganas de decir eso de «que pare el mundo, que me bajo»

Pero me parece que el mundo no se para a voluntad, verdad? Sigue y sigue girando, y lo único que puedes hacer es adaptarte. No hay más remedio. Pero adaptarse no tiene porqué ser tirar la toalla y rendirse, no tiene porqué ser dejarse llevar.

Cuando estás tan agotada que necesitas un parón, lo mejor es intentar parar, o por lo menos frenar. Y si no encuentras con qué frenar, pide ayuda que te pongan el paracaídas de emergencia. No os podéis imaginar lo que ayuda que te ayuden. No os podéis imaginar lo que ayuda saber que tienes a alguien ahí aunque sea solo para escucharte, o para decirte cuatro tonterías que te hagan sonreír.

Y si eso no basta, ves a un profesional, o a dos, o a tres como hago yo: psicóloga, psiquiatra y enfermera de salud mental. Porque sí, he necesitado ayuda de profesionales y medicación para encontrar el freno. Y no me avergüenzo de ello. De hecho estoy incluso orgullosa de haber dado el paso, aunque al principio estaba decepcionada conmigo misma por necesitar ayuda.

Pero nadie es perfecto, y si necesitas que se pare el mundo y bajar, habla con alguien que te ayude a frenarlo y te acompañe mientras esperas la próxima parada y decides si bajarte o no

No estamos solos

No estamos solos, ni solas. En general. Hay mucha gente en el mundo. Y ya que me pongo, seguro que con la de estrellas que hay en el universo, tampoco estamos solos (sean como sean los aliens).

Y diréis, a qué viene esto ahora? Pues a que las personas, así en general, van a su bola, y no piensan en el resto. Que sí, que para algunas cosas hay que ponerse primero que si no te pisan y te destrozan, pero todo iría mejor si todo el mundo pensara un pelín en el resto. Os voy a contar algo que me pasó el otro día.

Cuando cuidas a una persona mayor, con alzheimer y problemas de movilidad, y tienes problemas para meter el caminador en el portal y a la vez vigilar que no se caiga o no se vaya, agradeces que te ayuden. Pues resulta que el otro día estaba en esa situación y una mujer salió del ascensor y se fue por la puerta del garaje sin decir ni hola. Se puede ser más siesa?

Con comportamientos parecidos me he encontrado paseando con mi madre con el caminador. Intentando pasar por la acera invadida por las sillas de la terraza de un bar, unos no tuvieron la decencia de levantarse de la silla para que pasáramos, y otro cliente se levantó y se lo echó en cara. Al final lo hicieron de mala gana.

Bueno, y algo que me pone de los nervios es que ocupen la zona de aparcamiento para personas con movilidad reducida (el parking de minusválidos, vamos) sin tener la identificación correspondiente. Os cuento una que me pasó en un parking de estos. Nosotras tenemos la susodicha tarjeta, y justo estaba libre el parking de cerca de casa, lo que se agradece sobremanera. La cuestión, que el sitio estaba libre, pero había una moto en la acera, justo a la altura del parking. Con lo que no podíamos abrir la puerta. tuve que pararme fuera del parking, bajar el caminador, bajar a mi madre, sentarla en el caminador, y aparcar. Cuando ya había hecho todo eso (delante de un bar, con gente en la terraza que ni se inmutó), viene uno y me dice: «la moto es de uno que está tomando algo dentro, quieres que le avise?» Mi respuesta fue: «ahora? no, ahora no» y me fui con mi madre después de lanzar rayos láser por los ojos.

Estas anécdotas, que hacen hervir la sangre de cualquiera , no empañan la actitud de la mayoría de vecinos y vecinas de la zona que aguantan la puerta, saludan cordialmente, y piden si necesito ayuda cuando me ven en dificultades. Por eso, no estamos solos, no vivimos solos, hay más gente alrededor tuyo, presta atención, que seguro que alguien te lo agradece

Recuerdos de una vida. Vivir de la música

Estos días hará cuatro años de la muerte de mi padre, y hasta sus últimos días su vida giró en torno a la música.

Algunos de sus primeros recuerdos se relacionaban con sus visitas a los pueblos vecinos con la banda de música. Su padre tocaba en la banda y él, de pequeñito, les acompañaba. Ahí empezó su vinculación con la música. Vinculación que siguió cuando emigraron a Mallorca.

Mi padre siempre me contaba que mi abuelo, republicano y anticlerical, consiguió que el cura de la parroquia le enseñara música y a tocar el violín, incluso consiguió que le dejaran uno. Y resultó que mi padre tenía aptitudes para la música, era capaz de identificar las notas a la primera, tenía algo parecido al oído absoluto. Una anécdota que siempre relataba era cómo hacía los exámenes de música en el Frente de Juventudes (mi padre nació en el 35, así que se crio en plena postguerra): se ponía el último y escuchaba lo que les pedían al resto, así que recordaba las notas y cuando le tocaba a él las reconocía. Y es que la facilidad para la música era directamente proporcional a las pocas ganas de estudiar.

Otra anécdota que siempre recordaba era cuando cantó La Sibil·la una navidad en la iglesia. Aunque es un personaje femenino, tradicionalmente la cantaban voces blancas, niños a los que todavía no les había cambiado la voz. Con una sonrisa en la boca nos decía que su abuela que puso a gritar «ese es mi nieto» en medio de la actuación.

Pero la relación con la música no quedó ahí. Aprendió también a tocar la batería y de adolescente ya trabajaba en orquestas por los pueblos de Mallorca (en una de esas verbenas conoció a mi madre), cosa que siguió haciendo hasta casi los 70 años. Y cosa que compatibilizó con cuatro años de servicio militar obligatorio en la banda de música de infantería de marina, donde aprendió a tocar el trombón de varas.

En la época del boom del turismo en Mallorca, mi padre tocó en big bands y orquestas más pequeñas, tanto en hoteles como en las mejores salas de fiestas de la isla. Tocaban solos y acompañando a grandes artistas que venían a actuar aquí.

Con la música conoció mundo. Durante un tiempo, ya casado, hacían temporada de verano en Mallorca, temporada de invierno en Gran Canaria. Y de mayor, tocando en un grupo de música tradicional mallorquina visitó Francia, Alemania, República Checa e incluso Rusia.

Durante años estuvo tanto en el grupo de música mallorquina, Sis Som, con actuaciones en hoteles con orquestas. Con Sis Som recuperaron música e instrumentos ya olvidados de la cultura tradicional de la isla. Iban por los pueblos, representaban Mallorca por la península y en Europa, y además iban por los colegios enseñando música. Era su trabajo y lo disfrutaba.

Llegó un momento que la música no dio para vivir y lo tuvo que combinar con otros trabajos. Pero nunca lo dejó del todo. Y cuando ya no pudo trabajar como músico, seguía tocando en casa, para mi madre y para nosotras.

Me transmitió su amor por la música, y aunque por desgracia no he heredado su oído ni su voz, sí disfruto de toda la música, y de los vinilos que compró durante toda su vida.

Sufragistas, o cómo mujeres se jugaron la vida por nosotras

Hace poco vi la película Sufragistas, una película de hace unos años sobre algunas de las sufragistas que pelearon y dieron su vida por conseguir el voto femenino en la Inglaterra de principios del siglo XX

Y lo de dieron su vida es literal: cárcel, muerte, familias y trabajo perdido… Todo ello por la defensa de unos derechos en los que creían y por los que lucharon

Estoy segura que actualmente no se es consciente de lo que costó tener derechos como persona siendo mujer. No hace tanto, en España, si eras mujer dependías de tu marido, padre o hermano, para salir del país, hacer trámites con el banco,… Y parece que hay gente, tanto del un sexo como del otro, que no cree que por ser mujer se sea una persona con derechos.

Quizás deberíamos movilizarnos como esas sufragistas. Sin violencia, si pudiera ser. O quizás algunas ya lo estén haciendo, con más o menos suerte, o con más o menos difusión. Gente como las activistas de FEMEN, que protestan siempre con el pecho descubierto. O personas como Ana Bernal, periodista que aparece en televisión hablando del tema, formando en la UOC y escribiendo libros. O gente anónima que con pequeños actos van haciendo pequeños pasos para la igualdad…