Que pare el mundo, que me bajo… o no

Si al cansancio físico le añades cansancio mental, entonces dan ganas de decir eso de «que pare el mundo, que me bajo»

Pero me parece que el mundo no se para a voluntad, verdad? Sigue y sigue girando, y lo único que puedes hacer es adaptarte. No hay más remedio. Pero adaptarse no tiene porqué ser tirar la toalla y rendirse, no tiene porqué ser dejarse llevar.

Cuando estás tan agotada que necesitas un parón, lo mejor es intentar parar, o por lo menos frenar. Y si no encuentras con qué frenar, pide ayuda que te pongan el paracaídas de emergencia. No os podéis imaginar lo que ayuda que te ayuden. No os podéis imaginar lo que ayuda saber que tienes a alguien ahí aunque sea solo para escucharte, o para decirte cuatro tonterías que te hagan sonreír.

Y si eso no basta, ves a un profesional, o a dos, o a tres como hago yo: psicóloga, psiquiatra y enfermera de salud mental. Porque sí, he necesitado ayuda de profesionales y medicación para encontrar el freno. Y no me avergüenzo de ello. De hecho estoy incluso orgullosa de haber dado el paso, aunque al principio estaba decepcionada conmigo misma por necesitar ayuda.

Pero nadie es perfecto, y si necesitas que se pare el mundo y bajar, habla con alguien que te ayude a frenarlo y te acompañe mientras esperas la próxima parada y decides si bajarte o no

No estamos solos

No estamos solos, ni solas. En general. Hay mucha gente en el mundo. Y ya que me pongo, seguro que con la de estrellas que hay en el universo, tampoco estamos solos (sean como sean los aliens).

Y diréis, a qué viene esto ahora? Pues a que las personas, así en general, van a su bola, y no piensan en el resto. Que sí, que para algunas cosas hay que ponerse primero que si no te pisan y te destrozan, pero todo iría mejor si todo el mundo pensara un pelín en el resto. Os voy a contar algo que me pasó el otro día.

Cuando cuidas a una persona mayor, con alzheimer y problemas de movilidad, y tienes problemas para meter el caminador en el portal y a la vez vigilar que no se caiga o no se vaya, agradeces que te ayuden. Pues resulta que el otro día estaba en esa situación y una mujer salió del ascensor y se fue por la puerta del garaje sin decir ni hola. Se puede ser más siesa?

Con comportamientos parecidos me he encontrado paseando con mi madre con el caminador. Intentando pasar por la acera invadida por las sillas de la terraza de un bar, unos no tuvieron la decencia de levantarse de la silla para que pasáramos, y otro cliente se levantó y se lo echó en cara. Al final lo hicieron de mala gana.

Bueno, y algo que me pone de los nervios es que ocupen la zona de aparcamiento para personas con movilidad reducida (el parking de minusválidos, vamos) sin tener la identificación correspondiente. Os cuento una que me pasó en un parking de estos. Nosotras tenemos la susodicha tarjeta, y justo estaba libre el parking de cerca de casa, lo que se agradece sobremanera. La cuestión, que el sitio estaba libre, pero había una moto en la acera, justo a la altura del parking. Con lo que no podíamos abrir la puerta. tuve que pararme fuera del parking, bajar el caminador, bajar a mi madre, sentarla en el caminador, y aparcar. Cuando ya había hecho todo eso (delante de un bar, con gente en la terraza que ni se inmutó), viene uno y me dice: «la moto es de uno que está tomando algo dentro, quieres que le avise?» Mi respuesta fue: «ahora? no, ahora no» y me fui con mi madre después de lanzar rayos láser por los ojos.

Estas anécdotas, que hacen hervir la sangre de cualquiera , no empañan la actitud de la mayoría de vecinos y vecinas de la zona que aguantan la puerta, saludan cordialmente, y piden si necesito ayuda cuando me ven en dificultades. Por eso, no estamos solos, no vivimos solos, hay más gente alrededor tuyo, presta atención, que seguro que alguien te lo agradece

Recuerdos de una vida. Vivir de la música

Estos días hará cuatro años de la muerte de mi padre, y hasta sus últimos días su vida giró en torno a la música.

Algunos de sus primeros recuerdos se relacionaban con sus visitas a los pueblos vecinos con la banda de música. Su padre tocaba en la banda y él, de pequeñito, les acompañaba. Ahí empezó su vinculación con la música. Vinculación que siguió cuando emigraron a Mallorca.

Mi padre siempre me contaba que mi abuelo, republicano y anticlerical, consiguió que el cura de la parroquia le enseñara música y a tocar el violín, incluso consiguió que le dejaran uno. Y resultó que mi padre tenía aptitudes para la música, era capaz de identificar las notas a la primera, tenía algo parecido al oído absoluto. Una anécdota que siempre relataba era cómo hacía los exámenes de música en el Frente de Juventudes (mi padre nació en el 35, así que se crio en plena postguerra): se ponía el último y escuchaba lo que les pedían al resto, así que recordaba las notas y cuando le tocaba a él las reconocía. Y es que la facilidad para la música era directamente proporcional a las pocas ganas de estudiar.

Otra anécdota que siempre recordaba era cuando cantó La Sibil·la una navidad en la iglesia. Aunque es un personaje femenino, tradicionalmente la cantaban voces blancas, niños a los que todavía no les había cambiado la voz. Con una sonrisa en la boca nos decía que su abuela que puso a gritar «ese es mi nieto» en medio de la actuación.

Pero la relación con la música no quedó ahí. Aprendió también a tocar la batería y de adolescente ya trabajaba en orquestas por los pueblos de Mallorca (en una de esas verbenas conoció a mi madre), cosa que siguió haciendo hasta casi los 70 años. Y cosa que compatibilizó con cuatro años de servicio militar obligatorio en la banda de música de infantería de marina, donde aprendió a tocar el trombón de varas.

En la época del boom del turismo en Mallorca, mi padre tocó en big bands y orquestas más pequeñas, tanto en hoteles como en las mejores salas de fiestas de la isla. Tocaban solos y acompañando a grandes artistas que venían a actuar aquí.

Con la música conoció mundo. Durante un tiempo, ya casado, hacían temporada de verano en Mallorca, temporada de invierno en Gran Canaria. Y de mayor, tocando en un grupo de música tradicional mallorquina visitó Francia, Alemania, República Checa e incluso Rusia.

Durante años estuvo tanto en el grupo de música mallorquina, Sis Som, con actuaciones en hoteles con orquestas. Con Sis Som recuperaron música e instrumentos ya olvidados de la cultura tradicional de la isla. Iban por los pueblos, representaban Mallorca por la península y en Europa, y además iban por los colegios enseñando música. Era su trabajo y lo disfrutaba.

Llegó un momento que la música no dio para vivir y lo tuvo que combinar con otros trabajos. Pero nunca lo dejó del todo. Y cuando ya no pudo trabajar como músico, seguía tocando en casa, para mi madre y para nosotras.

Me transmitió su amor por la música, y aunque por desgracia no he heredado su oído ni su voz, sí disfruto de toda la música, y de los vinilos que compró durante toda su vida.

Sufragistas, o cómo mujeres se jugaron la vida por nosotras

Hace poco vi la película Sufragistas, una película de hace unos años sobre algunas de las sufragistas que pelearon y dieron su vida por conseguir el voto femenino en la Inglaterra de principios del siglo XX

Y lo de dieron su vida es literal: cárcel, muerte, familias y trabajo perdido… Todo ello por la defensa de unos derechos en los que creían y por los que lucharon

Estoy segura que actualmente no se es consciente de lo que costó tener derechos como persona siendo mujer. No hace tanto, en España, si eras mujer dependías de tu marido, padre o hermano, para salir del país, hacer trámites con el banco,… Y parece que hay gente, tanto del un sexo como del otro, que no cree que por ser mujer se sea una persona con derechos.

Quizás deberíamos movilizarnos como esas sufragistas. Sin violencia, si pudiera ser. O quizás algunas ya lo estén haciendo, con más o menos suerte, o con más o menos difusión. Gente como las activistas de FEMEN, que protestan siempre con el pecho descubierto. O personas como Ana Bernal, periodista que aparece en televisión hablando del tema, formando en la UOC y escribiendo libros. O gente anónima que con pequeños actos van haciendo pequeños pasos para la igualdad…

Mujer y sola por la calle, a quién se le ocurre?

Que lance la primera piedra quien no haya pensado eso cuando le pasa algo a una mujer que iba sola por la calle. Incluso a mí se me ha pasado por la cabeza. A mí, que tengo el feminismo como bandera y que un 90% de las veces que voy por la calle, voy sola.

Y es que cuesta quitarse la losa de «cuidado no salgas sola», «cuidado no vayas sola por esa zona», «cuidado, no vayas sola de noche»… Haciendo que toda la responsabilidad caiga sobre nosotras, cuando el problema es que hay una serie de energúmenos que andan sueltos por el mundo y que no ven a las mujeres como personas, sino como objetos que pueden usar como les venga en gana.

La última vez que me pasó por la mente la frase «pero qué hacía volviendo sola a esas horas?» fue con la chica que encontró un camionero hace unos días, desnuda, violada y malherida. Volvía, sola, de una noche de marcha. Y lo primero que pensé fue: » pero a quien se le ocurre?» para, acto seguido, ser consciente de lo sesgado de mi pensamiento y sentirme mal por ello. Por culparla a ella por ir sola. La culpa es solo del animal, o animales, que le hicieron eso.

Hubiera pensado lo mismo si hubiera sido un chico al que hubieran violado? Seguramente no. La cultura, la educación, la sociedad… todo lleva a pensar que una mujer no puede ir sola por la calle a según que horas y por según que sitios. Horas y sitios que socialmente sí que están permitidos a un hombre. Probablemente hubiera pensado algo como «en serio una persona no puede volver sola a su casa?»

Definitivamente falta educación. Educación para dejar de pensar que la culpable es la víctima. Pero sobre todo, educación para dejar de ver a las mujeres como objetos a los que poseer y usar, y verlas como personas. Educación para respetar a las personas y dejarlas vivir tranquilas.