Una suplente en la mesa electoral. Las votaciones

Ocho y media de la mañana y primer ataque de nervios. Tres urnas, tres sobres, y tres personas sin una idea clara de lo que hacer. Miradas a derecha e izquierda para obtener ayuda, pero allí no hay nadie más que los miembros de las otras dos mesas, los representantes de la administración se han esfumado cual humo.

Por suerte, una de las presidentas es ya veterana y nos ilumina: “empezad a rellenar todo lo rellenable y a firmar todo lo firmable, que si no, nos van a dar las uvas metidos aquí dentro” Y en eso estamos cuando empiezan a aparecer los representantes de los partidos políticos. Simples ciudadanos que tienen la particularidad de creer en la política. Algunos se presentan, otros ni saludan, y otros se apiadan de nosotros y se ofrecen a ayudarnos desinteresadamente. Uno de estos últimos nos pide permiso y se une a nuestra mesa. Y ahí estamos, nosotros tres rellenando lo rellenable y firmando lo firmable, y nuestro añadido, empezando a hacer bromas para entretenernos.

De repente, las 9 de la mañana. Se abre el colegio y entran los primeros votantes en tropel. “Pero quién hace cola para votar un domingo a estas horas?” A partir de ahí, un goteo incesante de electores hace que la mañana pase rápido. Yo buscando el nombre en la lista y cantando su número cual niño de San Ildefonso, el segundo vocal apuntándolo en otra lista y dando la enhorabuena por ser el votante número 10, y la presidenta elevando el grado de simpatía de la mesa llamando a los electores por su nombre y dando las gracias con una amplia sonrisa.

Sonrisa que se nos pone a nosotros en la cara cuando un niño mete la papeleta de su padre en la urna con una ilusión inimaginable. O cuando una persona mayor que casi no puede andar, vota y recuerda que no pudo hacerlo durante muchos años.

Pero a media mañana surge el primer problema. Alguien puede que haya metido dos papeletas en una de las urnas… Todo se para. Los representantes de los partidos se juntan ante nuestra mesa en respuesta a nuestro grito de auxilio. Toma la palabra la apoderada más veterana “Lo mejor es contar antes de abrir los sobres y si sobra alguno, se rompe sin mirar. Todos de acuerdo? “ Unanimidad y caras de alivio entre los presentes. Mientras tanto, una votante, toda enfadada, se va gritando que no espera más, que se le van a quemar las lentejas. La carcajada es general, y con eso vuelve la rutina electoral.

Paros para ir al baño, para ir a comprar agua, y turnos para ir a comer, porque ni el agua ni la comida están incluidos en la oferta del día. Los turnos coinciden con las horas de bajón. Definitivamente, de la 1 a las 5 de la tarde la gente no va a votar. Comen, duermen la siesta y ven la peli mala de los domingos por la tarde. Luego, se piensan si ir a votar o no. Mientras tanto, nosotros aprovechamos el parón, y descubrimos, con consternación, que hay montones de papeles más pendientes de rellenar y firmar. Y nos ponemos a ello. A firmar todo lo firmable y a rellenar todo lo rellenable.

La tarde pasa rápido, entre bromas, enhorabuenas a los votantes 100 y 200, e invitaciones a agua, café y frutos secos por parte de los apoderados. Cuando empieza la cuenta atrás, quince minutos antes de las 8, de repente a la gente le entran las ganas de votar. Colas frente a la mesa, prisas por votar “Que nos cierran!” exclama alguien que entra corriendo por la puerta. Es la señora de las lentejas, esta vez acompañada y sin comida en el fuego.

Five, four, three, two, one… stop voting now!! El espíritu de eurovisión posee a nuestro añadido. Entre risas, nos enfrentamos al recuento

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