11F Día de la mujer y la niña en la ciencia

Hoy es día 11 de febrero, el día de la niña y la mujer en la ciencia. Y como ingeniera me siento en la obligación de hablar del tema.

Siempre ha habido, y habrá, científicas. Siempre ha habido y habrá mujeres interesadas en la mecánica, en las ingenierías, en saber cómo funcionan las cosas y en hacerlas funcionar. Lo que pasa es que ha habido pocas y encima no se habla de ellas. Es lo que se llama “no tener referentes”

No me preguntéis por qué me gusta la ciencia, porque no lo sé. También me gustan las artes. Lo que sé es que de pequeña, además de querer ser azafata de vuelo y ganar una medalla olímpica, lo que quería era ser como Marie Curie.

La única científica que conocí en ese momento y me deslumbró. Descubre elementos químicos, le dan dos premios Nobel, sale en los libros de física y química!! Quién no querría ser como ella?

Al final no estudié física, sino ingeniería informática (con asignatura de física incluida), pero eso no significa que me quedara sin referente histórico. Así, aunque Marie Curie sigue siendo mi referente de cabecera, de repente descubrí a Ada Lovelace, que fue la primera programadora de la historia,  y que había un lenguaje de programación con su nombre como homenaje  (lenguaje en el que no he programado en la vida, mi sororidad no llega a tanto). Alguien a quien admirar. Y hace poco añadía a mi lista de referentes a las mujeres que trabajaban en la NASA cuando empezaron a poner ordenadores. Todo mi respeto y admiración por personas como ellas que supieron hacerse valer.

Tener referentes de este tipo ayuda a estar en un mundo, por ahora, eminentemente masculino. Eso y que te gusten las ciencias, y que seas una cabezota, y que pases de lo que te digan. Porque he ido a clases en la universidad en las que era la única mujer en clase. Porque me han mirado con cara rara cuando he dicho que soy informática. Porque me han dicho más de dos veces: pero esto no es cosa de tíos frikis?

Pues no. No hay ninguna profesión que sea solo para mujeres o solo para hombres. Así que dejemos de dividir los trabajos por sexos y hagámoslo por intereses individuales. Porque todo el mundo tiene derecho a ser lo que quiera.

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“Ser mujer negra en España”

“Ser mujer negra en España” es el libro que ha escrito la activista Desirée Bela-Lobedde (https://www.desireebela.com/) en el que explica cómo vive y qué sufre una mujer negra española.

Mi interés en el libro vino a raíz de varias entrevistas que oí en la radio y que llamaron mi atención. Mi mente relación las actitudes de “micro-racismo” que explicaba la autora en las entrevistas con las que conozco de micro-machismo. Cosas que están incrustadas en nuestra vida de cada día y de las que no somos conscientes hasta que alguien nos lo hace ver.

Pues yo decidí que quería verlas, para ser consciente y para evitarlas.

Así que ni corta ni perezosa (y eso que últimamente me cuesta la vida ponerme a leer algo) me hice con el libro. Y debo decir que ha estado a la altura de mis expectativas. Además de hacerme reflexionar, cosa que supongo que está entre los objetivos de la autora.

Nunca me había planteado que los conguitos o el anuncio de cola-cao pudieran ser usados para insultar a alguien. O lo que puede molestar que presupongas que una persona es extranjera simplemente porque es de otra raza. De hecho, uno de los ejemplos que pone me  recordó una conversación que oí en el bus hace un tiempo, entre dos mujeres con niños en un cochecito: una con velo y la otra sin velo. La segunda le soltó a la primera un “hablas muy bien español, llevas mucho tiempo aquí?” , a lo que la primera contestó “toda la vida, nací aquí”

Todos somos personas, seamos de donde seamos y sea cual sea el color de nuestra piel. No tiene ningún sentido discriminar o insultar a alguien por el hecho de que no sea igual que tu, simplemente porque nadie es realmente igual a nadie

Mis años encorsetada

Llevo tiempo pensado en escribir esta entrada.

Llevo tiempo pensando en cómo contar aquellos años.

Llevo tiempo reflexionando sobre si es conveniente hacerlo.

Y he decidido que ya es hora. Por mí y por quien pueda sentirse aludido o reflejado.

En la actualidad tengo 43 años y estoy diagnosticada del Síndrome de Ehlers Danlos, una enfermedad poco frecuente provocada por la mutación del gen del colágeno, que puede provocar desde tendinitis, subluxaciones o roturas fibrilares hasta prolapsos y perforaciones en órganos internos en los casos más graves.

Pero eso no lo sabía cuando tenía 11 años. Yo era una niña cuya máxima ilusión era llegar algún día a participar en unos juegos olímpicos en el equipo de natación sincronizada. No lo sabía yo, ni lo sabían los médicos que me descubrieron una escoliosis.

Para los que no lo sepan, la escoliosis es una desviación de la columna vertebral, muy típica en casos de ehlers danlos. En mi caso la desviación era tanto a nivel dorsal como a nivel lumbar. Vamos, que mi columna hacía una bonita S, con más de 30º de desviación en la curva superior. Esa desviación era preocupante porque, según el médico: “podría provocar problemas de corazón”.

La solución fue bastante drástica: abandonar la natación sincronizada, la gimnasia del colegio, ir a rehabilitación y poner un corsé tipo milwuakee.

CORSE-MILWAUKEE

(http://www.centroortopedicosanitario.es/wp-content/uploads/CORSE-MILWAUKEE.jpg)

Como podéis ver, se trata de un corsé de plástico en la zona lumbar, del cual salen unos hierros que llegan hasta la cabeza y que la aguantan, de manera que vas completamente estirada todo el rato. Al mío le añadieron un trozo de cuero que me levantaba el hombro izquierdo, que por causa de la desviación siempre llevaba más bajo que el derecho.

El impacto visual es bastante fuerte, aunque en el momento a mí lo que me sentó peor fue tener que dejar la natación sincronizada. No fui realmente consciente en aquel entonces de las consecuencias psicológicas que puede acarrear llevar ese corsé durante 5 años. Cinco años que comprendieron toda mi adolescencia.

Llevé el corsé de los 12 años a los 17, casi los 18. Cada día. Cada noche. Solo me lo quitaba para hacer rehabilitación, nadar y ducharme. Hice lo que yo creía una vida normal: estudiaba, tenía algunas amigas (que conservo por suerte), incluso me fui de acampada un par de veces y de viaje de estudios. Pero visto con perspectiva, no fue una adolescencia que se pueda considerar “estándar”

Me dediqué básicamente a estudiar. No salía de marcha, que era lo que hacía la juventud de mi época. Estaba en mi mundo, como he descubierto no hace mucho, como modo de defensa.

Y es que la adolescencia es muy mala, y los adolescentes pueden serlo más. Sí, tenía amigas: 2 exactamente. Amigas que estuvieron allí, que siguen estando y a las que quiero como si fueran mis hermanas. Pero ya. La gente me rehuía, y yo en consecuencia rehuía a la gente. No me lo decían a la cara, pero yo sabía que me llamaban robot. Y los chicos solo se me acercaban para pedirme apuntes y gracias (es lo que tiene ser una empollona). Físicamente no era muy agradable, lo admito. Unos hierros aguantándote la cabeza y deformando tu forma física en plena adolescencia. A eso se le añade una personalidad tímida desde niña con dificultad para hacer amigos, una autoestima que en esa época empezó a bajar al subsuelo y la única dedicación a los libros, y el resultado es una bomba de relojería que explota en cualquier momento. Aunque sea 30 años después.

Tengo que agradecer que físicamente el corsé evitara problemas más graves, incluso una intervención para ponerme los hierros de manera interna, incrustados junto a la columna vertebral para mantenerla recta. Pero psicológicamente, y visto con perspectiva, esos cinco años de corsé fueron mi bajada a un sótano donde nunca me he sentido bien conmigo misma, ni física ni mentalmente. Evito el contacto físico, podría vivir perfectamente sin un espejo porque prefiero no verme, siempre pienso que nada de lo que hago está bien, y si puedo no le cuento mis problemas a nadie… De vez en cuando salgo de ese sótano, mi autoestima sube un par de pisos, aguanta allí un tiempo y luego se vuelve a su sitio. Que supongo que es donde debe estar más cómoda.

Quizás me salve y me condene al mismo tiempo mi cabezonería, no lo sé. Quizás todo esto se hubiera evitado con ayuda psicológica durante eso años de corsé. Quizás simplemente en el fondo no quiera mejorar porque no sé vivir de otra manera. A saber. Solo sé que, tras pensarlo mucho, he decidido contarlo. No para dar pena, que es lo último que quiero, sino para que si alguien se encuentra en esa situación se plantee pedir ayuda a tiempo. O para que si alguien conoce a una persona pasando por eso, sepa qué puede significar para ella.

 

Cosas que me hacen sonreír

Me gusta la música clásica desde que tengo memoria, y me encanta escuchar obras de piano.

Hace poco descubrí a James Rhodes, un pianista inglés afincado en España, que consigue sacarme una sonrisa en prácticamente todas sus intervenciones, ya sean en radio, televisión o (sobre todo) twitter. De hecho creo que es la única persona no relacionada con la salud que sigo en twitter.

Sus ganas de vivir, su ilusión por aprender cosas nuevas, su emoción cuando toca o cuando habla de lo que sea, hacen que esboce una sonrisa, incluso a veces una carcajada.

Me alegro de haberle descubierto

https://www.jamesrhodes.tv/